By Armando Díaz on 18:59
Marzo de 2019
Ciudad de México
El deseo en ese trayecto a la aceptación recíproca, exquisita primicia del amor
La frontera entre la media negra y la piel despertó un deseo más sofisticado: fijación en mi mente. El liguero que unía la media con  la cintura, adherido a la piel, escalaba por la parte alta de sus muslos, una línea deliciosamente pronunciada por las caderas bien torneadas hasta alcanzar el cintillo sostenido por su cintura, como una vasija de porcelana que se ensancha poco a poco, cediendo al diminuto talle. El delicado y estrecho liguero, era una marisma imaginaria de seda negra, que recorría el mar de su piel, ese océano de aromas a mujer, de cálido y terso tacto. Apenas un dedo cabía en medio de esa línea negra y era cobijado en térmico placer para explorar el recorrido.  El dedo desnudo, ya de regreso de escalar sutilmente hasta la cadera, se distrajo por las pequeñitas bragas de satín rojo. Sedoso placer de rubíes brillantes. Como una satinada envoltura a un caramelo exquisito, mis dedos, despacio, como dosificando esa fotografía de placer, lentamente se acercaron, estiraron delicadamente el resorte cubierto de satín rojo. Los dobleces provocados por el resorte se extendieron y permitieron respirar esa parte tan hermosa, un paraíso con aroma a vida, a mar, pero sobre todo, con la flamboyancia elegante del perfume de mujer; refinado bálsamo de una diminuta granada roja. Mi nariz alcanzó ese excéntrico aroma y se narcotizó de su sexualidad. Como si hubiese respirado una amapola, mi cuerpo se llenó de doradas y chispeantes sensaciones rojas. Retiré el dedo suavemente, dejando pausadamente regresar al elástico, sin dañar un centímetro de la frágil ternura de su pubis.
Mis manos ávidas de su piel, decidieron explorar encumbrando. Sus senos eran espectaculares. Sostenidos por elaborados y caprichosos tejidos en suave satín rojo y negro se entrelazaban formando una copa perfectamente redonda y generosa. Dejaban al descubierto, gran parte de su piel lechosa, tersa, y con aroma a casi maternal fertilidad. Sus pechos resplandecieron y como si estuviesen vivos, respingaron al recorrerles con mis manos. Un gemido encantador, femenino, suplicando más, me embelesó. Ella misma replicó y aumentó el placer de tocarles, sus manos no resistieron y sus dedos ardiendo de placer, con ese conocimiento de cómo darse delectación, masajearon con maestría sus propios pechos.
Mis sentidos olfativos percibieron su perfume.  Su cuello esbelto, de piel lozana, emitía una suave fragancia, mis labios y nariz, esclavizados por el paraíso, sin preguntarme decidieron rozarles, beberlos. Mi lengua escaló hasta los lóbulos de su oreja de tonos rosados y probó su dermis, impregnándola con húmedos lengüetazos degustaron sus sensibilidades hasta alcanzar la nuca, rodeando su cuello. Levanté sus cabellos castaños y mi lengua desenfrenada lamió su piel y… su fogosidad, emitió otro delicado gemido.
Me coloqué por detrás de ella y mi lengua ambicionó más; descendió por su espalda replicando elipsis como el símbolo del infinito, mientras sus senos rebosaban en mis manos. 
Mis palmas ya un tanto traviesas y electrizadas por su sensual feminidad, levantaron aún más su vestido y se impresionaron de su cintura, se quedaron ahí sosteniéndola con sutilidad. Sus dedos, comenzaron a indagar mi pantalón: primero mis muslos y después mi entrepierna, hasta detenerse en mi firme virilidad, ella, otra ves me obsequio un sensual gemido y yo respondí con un gruñido, cual fauno en celo implorando el deseo a la vida. Mi alma se colmó de su belleza, la quería beber, tomar para mi, impregnarme de ella. El tiempo se detuvo aún más. Los espacios de vida se hicieron más lentos; ese regalo que nos obsequia la humanidad, ese detener del reloj, en esos momentos justo cuando el alma roza el infinito, la memoria nos regalará tiempo extra. Yo trasgredía sutilmente su sexualidad y ella me retornaba una explosión sexual aún más exuberante e intensa. Mi mente bailaba ya con la suya, nuestros cuerpos ardían de placer en nuestra mente y al comenzar a comunicarse en lo sexual, en ese léxico entera y exclusivamente del libídine, nos percatamos que ya nos habíamos seducido en una imaginatoria escena. Los dos por separado ya habíamos fantaseado sexual y sensualmente el uno para el otro, así lo percibimos, esa sensualidad no era nueva, tenía un pasado de masturbaciones imaginarias, fantaseando el uno con el otro; nuestros cuerpos ya habían tenido una dosis de nosotros.
Nos habíamos impregnado de cada uno, como un imprimación, que sería un tatuaje del séxico e inimaginable placer que pronto procuraríamos.
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Capitulo II
Gabino
Junio de 2019
La playa de pie de la cuesta había ganado popularidad gracias a las recién formadas islas en consecuencia a los embates de los últimos huracanes que habían acosado Acapulco. En éstas, se habían instalado palapas, ofreciendo  mariscos frescos y pescados asados a las brasas por lo general. Era curioso ver como se había formado cierto trafico de lanchas, el único medio para llegar.
Las islas de agua, otorgaban cierta exclusividad a sus comensales debido a su reducido tamaño. A Gabino, esa informal privacidad le otorgaba el placer de ser atendido a sus anchas, una pequeña islilla para el solo.
Los cielos amarillos del intenso sol de la costa, resplandecían como secos trigales dorados; acechaban con sus lúminas a la franja de arena y sal, salpicada constantemente por el salado mar que no refresca, que solo seca y sala. El amarillo e insípido paraje, iba cediendo a los destellos de bronces y naranjas del atardecer. Los pies de Gabino se refrescaban en la arena en el ocaso de esa tarde. Los tequilas cedían más fácil en la garganta que varios pares de cerveza helada; se hacían más acogedores sin tanto sol. Poco a poco se extinguía el día, transmitiéndole nobleza melancólica al atardecer.  Las emociones se cruzaban por la hipersensibilidad a la transmutación de los colores del entorno: por la noche, por el descenso de la temperatura , y por los tequilas que resbalaban en su garganta.  Todas las sensibilidades y emociones se le amplificaban a Gabino,  era un concierto de alegrías, rencores y sensibilidades traspasando los poros de su epidermis. Hechizos que se sumergían en la piel hasta el corazón,  y hasta  las entrañas…Los cobrizos atardeceres se reflejaban en su piel tostada, mientras el dorado y cristalino tequila, acariciaba toda la contextura de su garganta . La luna se asomaba ligeramente y la percepción áurea del sol, cedía a los plateados  de la luna, discretamente tintineando, adentrándose en los negros azulados de la noche. Gabino respiraba hondo y comenzaban a inundarse en su ser : ternura, tristeza,  odio, rencor, sangre y violencia; sensaciones que a Gabino le encendían al adentrarse la noche, los tequilas y sus demonios en esa luna llena.
Se hacia más Gabino en la noche, su taciturna personalidad encajaba más fácil en la discreción elegante del azul marino noctámbulo. La noche, dueña de esos añiles ennegrecidos, daban oportunidad a la multifacética personalidad, ese entorno donde emergía su multipolar personalidad.
Gabino y sus complicadas  extravagancias le llevaron a escoger un hotel, donde,  la patina avejentada de los muros le hiciera compañía a su melancolía: al sabor del tiempo, al sabor del respeto por la historia del sitio, pero también, a ese mágico encanto de lo sórdido, del embrujo al constante peligro del entorno, del submundo, sí… de ese que se despedaza por las migajas del pan de la burguesía: Prostitutas, ladrones, drogadictos y ese miserable submundo de los turbios negocios.  Todos ellos, eran los personajes constantes en esa sucia pintura ; en donde, como trazos nuevos y frescos, entraban personajes que de vez en cuando turisteaban el lugar, como pinceladas distraídas; ahí, estaba Gabino, como una mancha azul marino , que después,  llenaría de sangre el cuadro.
Se lavó la cara, se ajustó el saco de lino azul marino y su mano se aseguró que en los tobillos debajo de  su pantalón, estuviesen en su lugar el juego de metales afilados que siempre le han acompañado desde su adolescencia; salió del hotel  y se sumergió en lo más sórdido del barrio.
Al adentrase en el obscuro y sucio laberinto de las callejuelas, Gabino sentía a cada segundo la necesidad de sangre y  violencia, ingredientes necesarios para apaciguar su rencor; entre más peligroso y sórdido fuera el paraje, desesperadamente ebullecía  su sed de sangre y violencia; pero también,  la necesidad de poesía, de  ternura y de dominio viril: todas ellas, en una compleja alquimia.
El más obscuro y desolado rincón era una callejuela que se iba reduciendo hasta terminar en un codo angosto hacia una calle cerrada; se sentía la frio del sórdido paraje y el temor a cada paso. La adrenalina en Gabino comenzó a efervecer, sí … al percibir a sus espaldas que dos tipos le seguían justo al doblar el codo angosto de la callejuela; entonces, se le emparejaron sus acechantes, rateros, que no dudarían en asesinar por tres pesos:
--Jefe , ¿ quiere una grapa<![if !supportFootnotes]>[1]<![endif]> o algo para divertirse? –
-No gracias, --contestó Gabino-
-, Ándele , anímese, ¿que quiere? –
--No gracias, nada--..
--Entonces présteme una lana , y quiero seguir chupando, ¡aliviáneme jefe! ,
 --No tengo –
 ,--Huuuyy no mame , cómo que no tiene… --
--Pues no tengo, le contestó Gabino conteniéndose--,
-- Pus entonces chingue su madre-- y un derechazo viajaba directo a la cien de Gabino, que con esa inexplicable agudeza que te da la calle,  adicionada con la  adrenalina,  percibió el proyectil del puño sin anunciarse,  se agachó,  aprovechando para tomar de su tobillo uno de sus metales ponzoñosos ; otro derechazo anunciado le despertó el desprecio por su adversario, por tan mediocre avidez pugilística en comparación con Gabino, que le era tan… a él, como respirar o beber agua y con un ágil movimiento de cintura, esquivó el ingenuo puño, contestando el atentado, incestando precisamente la delgada lámina de metal en el hígado del nauseabundo vago, que chillaba en alaridos aterrado al percibir el metal enterrado. El otro, quiso lanzarse sobre Gabino y Gabino le esperó, disfrutando la pausa… sin temor alguno, con frialdad, le esquivó flexionando las rodillas, aprovechando la fuerza en sentido contrario del adversario y con todo el movimiento de cuerpo y piernas,  impulsó su puño impactando un derechazo en el rostro de su acechador, despedazando su boca como si fuese un jitomate lanzado contra un muro violentamente. La boca rota, despedía en el aire, una masa de sangre, saliva y dientes.  El rostro desfigurado, viajaba hacia el suelo pasajero de un cuerpo inconsciente, ya  sin resistencia, listo a impactarse contra el sucio piso de cemento. La cabeza impactó crujiendo, tronando algún hueso que alojase cerebro tan descompuesto y vulgar. Los dos cuerpos convulsionaban en el piso y Gabino se aprestó a disfrutar una delicia muy personal, como si  se complaciese de un espectáculo placentero, les enterró una punta en el corazón, y… ---les miró a los ojos para percibir las últimas chispas de su vida---; para sorber esos últimos instantes en sus ojos, que se apagaban como lo hace la luz de un televisor, y se llenó de placer, placer que disfrutó hasta que se extinguieran esas vidas; entonces, el festín de la noche comenzaría, la alquimia de sensaciones efervecía de placeres.
Con toda tranquilidad, se alejó con paso fácil y pausado del sórdido y desolado callejón, leyó el mapa de testigos oculares del suceso, qué – tal vez- hubiese visto como se deshizo de esa escoria. Su razonamiento rápidamente asimiló los probables testigos que estaban comprendidos bajo siguiente coyuntura: ser escoria ó de los que están hartos de ella. De los primeros, estaba seguro le temían después de ese despliegue y no harían nada por vengar las dos inútiles vidas que extinguió;  pues también eran sabandijas y no harían nada complicado y  los segundos, seguramente celebraban a ese neo vengador anónimo y no harían absolutamente nada en contra de quien ayudase a limpiar esa basura. Así, Gabino se alejó encendiendo un cigarrillo. Las  azuladas figuras, caprichosamente formadas por el  de humo, se extinguían con lentitud en las pardas patinas de las viejas construcciones en el  laberinto de calles. El andar silencioso, nocturno y humeante a su contorno,  le acompañaban como una dulce melodía de blues: azul, pesada, con dolor y violencia, como su alma.
Pero la luna no le dejaba de incitar su instinto de sensibilidades y una mujer fue lo que intoxicó su deseos en esa maremágnum de sensaciones de la noche . La ruta hacia donde ellas estaban, no era difícil de encontrar, quería  una mujer astuta, una vampiresa  que se aprovechase de los deseos carnales de un insatisfecho, o  de un amoroso estúpido, cualquiese de ellos, alguien,  que sea una presa fácil para vaciarle los bolsillos. Una mujer casi insensible, fría y astuta, sin  la mayor ilusión que aliviar el hambre de sus hijos y evitarles los sufrimientos que ella algún día tuvo,  despiadada con la mayoría de los hombres y su cartera; pero Gabino sabía que con él, sería diferente, sabría seducirles, quería confundirles. El les daría una gran dosis de amor escondido que ebullecía de contenerse. Haría poesía con sus rostros, con sus ilusiones, buscaría regalarles un momento que les haga sentir la hermosura de su ser mujer, además, les otorgaría una buena cantidad de dinero, gestos bonitos,  y un espacio ternural en abundancia, en catarsis, a esa noche de violencia.
Sus caprichosos y extraños comportamientos de Gabino, le llevaban a rondar esos sórdidos lugares para limpiarse y poder nadar a gusto en la hipocresía burguesa. Mañana tenía varios asuntos importantes con el vivo retrato de la misma y una fiesta bajo sus frivolidades.
Un día después
Justo al amanecer dejó ese sórdido lugar y se hospedó en una suite en las brisas de Acapulco: con una pequeña alberca personal  con flores de colores reposando en el agua.
Atendió un par de negocios en el hotel y holgó la trasnochada consintiendo su resaca bajo los encantos de las suites con alberca , el sol y algunos brebajes hidratantes.
Esa noche era diferente para Gabino. Ya los demonios de la melancolía y del pasado que le acosaban en su cabeza, habían sido exorcizados en esa noche de violencia, sexo, de trasgredir en los lugares donde todos temen, pero sobre todo de sangre, de sangre indeseable y de darle muerte a la escoria. Para Gabino era como haber limpiado su alma, en la extraña ruta del laberinto catártico de las emociones en su mente.
La fiesta en la casa Arabesca en Acapulco, pretendía ser la más extravagante de las acostumbradas por la reducida socialité que aún se reúne en Acapulco. Esta vez, la fiesta ambicionaba ser más excéntrica, descontrolada y con partículas de libertinaje pululando en el aire, como si el oro se hiciera oxigeno. Los incomprendidos millonarios, cuyas necesidades carnavalescas no necesitaban máscara, se cubrían el rostro bajo los permisos del alcohol, de la droga y los excesos. Los noctámbulos moradores, cuales vampiros de esa noche, deseosos de seguir esa locura hasta después del amanecer, no condicionaban mascara. Era un simple y sencillo código de amnesia, casi aristócrata.
A las primeras horas de la noche era la obligada cita para el mundo de lambiscones que deseaban codearse con la realeza noctámbula. Políticos de poca monta, empresarios recién estrenados en gastar sin recato, todavía con el complejo de no ser aceptados en ese pequeño club: artistas, artistillas, golfas que se colgaban del brazo de algún vejestorio para después abandonarles para capturar un joven rico, ya borracho, cuando la noche se torne exótica. Mujeres jóvenes, sexualmente apetitosas y creadas bajo las vitrinas de las riquezas, como una niña hambrienta que desea los pasteles detrás del aparador. Mujercitas, que deseaban ser utilizadas como accesorio sexual en esa noche loca, simplemente a cambio de asolearse en el yate en la mañana o de despertar en una enorme cama, con desayuno servido por una sirvienta.-- También pululaban galanes de cine devaluados, que cual rémoras, se prostituían del brazo de alguna dama rica, vieja, decadente, excéntrica y con deseo de aventura de sexo para nutrir el vacío de una vida vana, cruel, de olvido, de ser sustituidas por una mujer joven. Mujeres atrapadas en una dinámica despiadadamente frívola.
Sin embargo, la verdadera fiesta comenzaba a las tres de la mañana.  La selecta realeza de la carnavalesca festividad, se escabullían, conocían ese perfecto código de deshacerse de los indeseables invitados. Comentarios como: “ Lo siento, tenemos una invitación, nos despedimos” y simplemente se escurrían a la playa, al muelle, al yate, o  a alguna disco para después regresar todos a la mansión. Ese reducido club que celebraba todos los años con fiestas en sus residencias. Exclusivo círculo, que desde niños habían compartido yate, anécdotas, cenas y seguramente varios años nuevos repletos de champagne, borracheras a escondidas y de descubrir la infidelidad y locura de sus padres o abuelos, bajo los efectos del alcohol y seguramente alguna droga. Fiesta y tradición heredada de sus padres y ahora más suya que nunca, era un derecho exclusivo, casi en la sangre. Un permiso excepcional de Acapulco.
A esas horas, eran a las que Gabino era aclamado por ese selecto círculo.  Su cabronés, su elegancia, su masculinidad y sobre todo, esa seguridad de infringir el poder de comunicar con los ojos que podía ser dueño de la vida de quien quiera, era un especial fetiché de la torcida extravagancia de esas fiestas en el puerto.
Esa madrugada, el destino seleccionado fue una fiesta after hours en un magnánimo yate, espontáneamente seleccionado por uno de los más ricos y ahora crecidamente más. Un magnate perteneciente a ese selecto grupo de corruptela, más poderosos que políticos e incluso, de los que los colocaban, cual títeres de su monopólica herencia de manipulación. Recién bañado por los favores direccionados de la apertura petrolífera en México, millones de dólares le estorbaban y el yate fue lo primero en despilfarrar. La ocasión era perfecta para ser alabado por su nueva adquisición: Un modernísimo yate de 180 pies. Esplendido concepto, diseñado en Italia por Alessandro y Francesco Pannone Malinconico. Donde modernas líneas aerodinámicas, mimetizan el helipuerto en la popa con un pequeño jacuzzi en la proa. Enormes espacios iluminados en azules, tenuemente entintados por leds modernos, cubrían enormes áreas de recepción,  lujosas habitaciones y diferentes puentes. Moderno y muy exitoso estéticamente: Paradigma 180 de Pama Architteti Yacth design, era el juguetito a presumir.
Champagne como ríos, música electrónica intoxicaba al cuerpo deliciosamente para sin permiso, mover cadenciosamente el cuerpo, de manera sensual, al ritmo del beat, del corazón ardiendo.
Mujeres y travestis, exóticamente vestidas con alas transparentes, deliciosas y diminutas telas vaporosas, profanamente contoneaban sus cuerpos en tubos improvisados por varios rincones del yate. Otorgaban una extraña, pero sensual  fotografía de libertinaje.
Se escuchaba My Culture de One Giant Leap, en ese momento, con la voz de Maxi Jazz y Robbie Williams.
“ When I look back over the years
at the things that brought tears to my eyes
papa said we have to be wise
to live long lives
now i recognise
what my father said before he dies
vocalise things I've left unsaid
left my spirit unfed for too long.
For my culture”
Gabino arribó a la fiesta, su entrada no fue triunfal ni nada por el estilo, su persona era discreta, seria, de andar fácil y determinado. Su cuerpo moreno y macizo, bastante marcado,  con unas cuantas cicatrices, se vislumbraba a través de la camisa impecablemente confeccionada de céfiro blanco. (algodón casi transparente). Arribó y pidió una agua mineral y se recargó en la barra, dando la espalda exclusivamente al cantinero, observando quién la pululaba, donde estaba la gente de seguridad, cómo se comportaba la gente, las percepciones de cada uno, qué estaba fuera de lo normal, lo que no encajara en el lugar. Esos eran los multiprocesos mentales, que resolvía en un par de minutos al llegar a un lugar. 
En un instante se acercó Enrique, fingiendo un gusto infinito, un poco escandaloso de presumir que era buen amigo del cabrón de Gabino. Sin embargo, Enrique también percibía que no le tragaba Gabino, era cauto.
---¿ Que te parece mi nuevo juguetito?---  Con aires de superioridad y arrogancia, le preguntaba a Gabino, tal vez, solo para hacerle plática, justificando su acercamiento. Gabino se quedó serio y le miró a los ojos con mutismo, era habitual en Gabino ese proceder, les sostenía el silencio, siempre el interlocutor se justificaba ante quien no habla y si les mantenía la mirada fija, aun mejor, les obligaba hablar, provocándoles con el silencio, de esa manera indagaba… sus intenciones.  Ese era el ritmo de adrenalina, que mantenía vivo a Gabino.
---Esta chingón---, replicó Gabino, sin dejar de mirarle a los ojos.
---¿Qué estas tomando?¿Quieres que te manden algo?, ---Enrique se ofrecía.
--- No gracias, aquí tengo un agua mineral---
---Pero qué ¿No quieres un chupe?, en serio Gabino. ¿Por qué no tomas algo?---
--- Pues si nunca me haz visto tomar y ni he tomado contigo--- le reprochó sereno Gabino, siempre para todo,  mirándole fijamente a los ojos.
---Pero si tomas algo, de vez en cuando ¿No es así?--- Ya ahora un tanto encorvado y con cierto doblamiento a la mirada de Gabino, indagaba Enrique.                                   
---Yo tomo a solas, solo así---
En ese instante pasaba por su mente, que por éste tipo de personas, no tomaba con clientes una sola copa, no los soportaría con unas tragos encima. Sin embargo sabía era necesaria cierta diplomacia.
---Un día haré una excepción y vas a ver que  me tomo unas contigo, gracias por la invitación, pero hoy no quiero tomar--- Gabino agregó, pero simultáneamente en su mente, visualizó el funeral de Enrique. ---Solo así, me tomaría  unas copas contigo—Dialogó con si mismo en sus pensamientos Gabino…
Justo en ese momento una bella mujer de piel muy blanca, casi angelical, portando un vestido sumamente elegante color negro, (Armani privé), pasaba frente a sus ojos. La chica, un tanto desprevenida se percibía extraviada en este tipo de fiesta y ninguno de los dos pudo obviar advertir su belleza. Enrique por lo regular era cuidadoso en su estado, pero últimamente había abusado de la cocaína y simultáneamente el alcohol. Ya a éstas horas su verdadero yo auspiciado por una memoria de años de percibir excesos en cotidiano, le había impregnado percepción de normalidad y se había adentrado a consumirla. Descompuesto, quiso avanzar vulgarmente sobre la preciosa fémina un tanto desprevenida. Frágil y a la vez muy hermosa fue sorprendida por el lance vulgar de Enrique tentándole el derriere, lo que sorprendió a la chica abriendo sus enormes ojos grises y expresando su enfado. Enrique se acercaba descuidado invitándole a tomar una copa en una zona del yate, asegurando que a la bella dama le quede claro quien  era el dueño del juguetito.  La chica estaba enfadada y prácticamente quería salir de la distancia de Enrique tratando de aproximarse a ella. Gabino enfureció y se contuvo un tanto, hasta que percibió otra vez la intención de la mano de Enrique de palmarle el derriere , otra vez. Interceptó la mano tomándole de la muñeca con fuerza, Enrique abrió los ojos con sorpresa y un tanto de furia. Gabino con tranquilidad y sin inmutar su mirada sobre Enrique y sin soltarle la muñeca con fuerza comentó:
---Es amiga mía Enrique, le conozco desde hace tiempo. Discúlpanos un momento—
Soltó la muñeca de Enrique y tomó delicadamente del antebrazo a la dama, escoltándole fuera de la distancia de Enrique, saludando a la femenina mujer discretamente con la mejilla y cierta familiaridad. Ya un tanto lejos de Enrique, la dama agradeció intercedieran por ella.
--Muchas gracias, que tipo tan desagradable, te agradezco me hayas rescatado---
---No te preocupes, se le pasaron las copas y está un tanto insoportable---
--- ¿Cómo te llamas?---
---Monique---
---Un gusto Monique---
Gabino
19 años antes
Un niño
La brisa era la constante, como la pureza del amor de un hijo a su madre y la infinita gracia del afecto de una mujer a su hijo. La playa de Acapulco y  su especial arena  que pareciesen diminutos trocitos de cantera, barnizadas con un ligero baño líquido de cobre y oro, abrazaban los pies hundidos en ésta de ambos, refrescándoles. Madre e hijo miraban el mar y se mimetizaban en un silencio acompañado por el soplo de las aguas con vida.  Cuando dos almas se entienden, no hay necesidad de decirse nada. Deliciosos momentos pueden pasar y pasar, mientras sus cabellos chinos por el mar, la brisa, la humedad, se agitaban desordenados por el viento. El sol nutría las pieles morenas de dos seres humanos compartiendo el horizonte, dejándose pensar, acompañándose en pensamientos, cada quien en su cabeza, sin discutir, e involuntariamente admirándose en silencio, y como sello momentáneo a ese amor,  la mano entrelazada.
Gabino y su hermosa madre contemplaban la inmensidad y hermosura del mar. Las nubes pedían asilo en ese cuadro y eran aceptadas condicionando  que el azul del cielo, sea azul lapislázuli. Los dorados rayos se estrellaban con nubes  en transición de blancas a grises y otras de gran blancura. Las lúminas del crepúsculo irradiaban de platas y dorados, demostrando la magnificencia de la naturaleza.
Janice , era una hermosa mujer de veintisiete años, donde la mezcla de razas, hacia evidencia de la hermosura de lo ecléctico. Su tez de cobre, su cuerpo menudo y perfectamente formado por naturaleza, era cubierto con ligeras y frescas telas de azul turquesa, como una niña del mar, sensual y tierna como una sirena.
Gabino era un niño de apenas seis años. Su hermoso rostro moreno, delgado y de finas facciones, enmarcaban unos ojos color miel, casi amarillos, como el ámbar, iluminándose de la intensidad e inteligencia que emanaba de lo profundo de ellos.
Esos ojos los heredó de su padre, que nunca conoció, pues le arrebataron la vida, mientras él germinaba en el vientre de su madre.
Pasó un vendedor con tiras de marlín asado a las brazas por la playa, insertados en una vara de madera.  Eran de las delicias de Gabino. Su madre sabía que esas tiritas eran el cielo para Gabino y uno de los pequeños lujos, que su madre le podía otorgar. Era su complicidad, era algo de ellos dos, siempre que iban juntos a la playa, compartían esa delicia juntos.
Una hora después, el sol se refrescaría escondiéndose en el mar, la luz se hacía muy tenue, Gabino y su madre, arrastrando su pierna invalida y  de la mano del niño, tomarían el camión, para llegar una hora después a su humilde morada.

<![if !supportFootnotes]>

<![endif]>
<![if !supportFootnotes]>[1]<![endif]> Grapa de cocaína. Se denomina a una cantidad común envuelta en un papel.

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